South Feminist Futures entrevistó a Verónica Gago tras su presentación en la Teach-in #26 “La deuda como forma de gobierno”. Verónica es investigadora del CONICET y profesora de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y la Universidad de Buenos Aires (UBA). Su trabajo articula teoría política, estudios feministas, economía popular y movimientos sociales en América Latina. Forma parte del colectivo Ni Una Menos, donde desarrolla una práctica que vincula investigación y militancia feminista.

A lo largo de la conversación, propone pensar la deuda más allá de la responsabilidad individual, como una relación política que extrae ingresos, tiempo, energía y capacidad de decisión, pero también como un terreno desde el cual construir formas colectivas de resistencia, autonomía económica y autodefensa financiera. Para ampliar el contexto de esta entrevista. Pueden consultar la sesión del 21 de agosto de 2025 aquí .

¿Cómo nos ayuda la teoría feminista a entender el agotamiento emocional y físico como parte de la economía de la deuda? ¿De qué manera la financiarización de la vida cotidiana afecta los cuerpos y las vidas afectivas de las mujeres?

Desde la economía feminista le hemos dado mucha importancia a lo que podríamos llamar una economía psíquica y afectiva de la deuda. Es decir, todos los padecimientos, todas las energías que hay que dedicarle a pensar cómo pagar una deuda, a organizar maneras de conseguir más ingresos para pagar una deuda y a la gestión emocional permanente de esa obligación financiera, que va organizando una cotidianidad que está permanentemente exigida: en encontrar más recursos, en cumplir los plazos de la deuda, en soportar muchas veces amenazas violentas a la hora del reclamo del pago de esa deuda.

Esta exigencia surgió mucho en las entrevistas de nuestra investigación, pero también apareció en muchos espacios políticos  donde muchas compañeras expresaban “que no podían dormir, que les generaba insomnio quedarse pensando en cómo iban a conseguir dinero para pagar la deuda”. Muchas compañeras señalaban el estrés de estar gestionando esos ingresos que faltan para llegar a tiempo a los vencimientos y no recibir reprimendas por no pagar. Entonces, aquí vemos como hay una sobrecarga que tiene que ver con una responsabilidad que es también emocional y que produce efectivamente un agotamiento psíquico, un estrés que tiene que ver con gestionar permanentemente este calendario de las obligaciones financieras.

Nosotras, en el nuevo libro con Luci Cavallero, hablamos también de un concepto que lanzamos ahí para la discusión, que es el de trabajo financiero no pago. Es decir, cómo hoy el sistema financiero, a través de esta gestión permanente, obliga en particular a las mujeres a estar sacando dinero de un lugar para poder pagar otra deuda: tomar más deuda para re-pagar una deuda que ya se está venciendo, inventar emprendimientos, rifas, pedir prestado a familiares o involucrarse en economías ilegales para poder cumplir esos pagos. Eso también es un montón de trabajo, y ahí diríamos: es un trabajo que es también afectivo y psíquico y es un trabajo que el sistema financiero está explotando.

En general, hablamos de la reproducción social, el trabajo doméstico, el trabajo reproductivo, el trabajo de cuidados no pago. Pero en un momento donde las finanzas, a través del endeudamiento, las billeteras virtuales, se han involucrado y se han infiltrado en la reproducción social, en cómo resolvemos la vida diaria, ahí también estamos haciendo un trabajo que es necesario nombrar.  Porque es también un trabajo no pago, es un trabajo financiero y es un trabajo que explotan desde las plataformas financieras hasta los bancos.

Lo que subrayamos son estas formas, en particular, de agotamiento mental, psíquico y de estrés emocional, porque la carga de la deuda es una carga que es moral, que incluye amenazas y chantajes violentos, y es también una preocupación permanente que nos obliga a organizar nuestra vida cotidiana pensando en cómo pagar la deuda.

En muchos casos, las deudas se contraen con prestamistas privados o informales. ¿Qué ocurre cuando no existen mecanismos institucionales claros para reclamar frente a estas relaciones?

Es muy difícil accionar contra esa deuda, denunciar que muchas veces estamos pagando tasas de interés que son absolutamente fraudulentas, pero que tienen que ver con que esas deudas se han tomado en condiciones también totalmente injustas, en condiciones de emergencia, muchas veces con prestamistas informales, con carteras de quienes ofrecen hoy crédito en ciertos territorios que están vinculados a las economías ilegales. Entonces, son relaciones que son financieras y, al mismo tiempo, muchas son relaciones de vínculos personales por los cuales la violencia directa está muy cerca. No hay una mediación, muchas veces, institucional a la que se pueda acudir para reclamar.

Por un lado, la deuda aparece como un mecanismo que parece abstracto, que parece ligado solamente a ciertas instituciones bancarias, pero lo que vemos es que la deuda es múltiple, se articula en distintas dinámicas institucionales, formales, informales, ilegales y, por lo tanto, articula justamente una red de violencias de distinto tipo.

¿Podrías contarnos más sobre cómo las empresas de tecnología financiera promueven y expanden la deuda en Argentina? ¿Están reguladas de alguna manera estas plataformas?

El tema de las plataformas financieras y  sobre todo uno de los productos más populares que son las billeteras virtuales, estalló, es decir, se popularizaron y se capilarizaron especialmente en la pandemia. Por eso nosotras hablamos del momento de la pandemia como un momento que fue también un laboratorio financiero. Frente a la emergencia que se vivía en esos momentos, pero también a todas las medidas que se tomaron para no tocar el dinero. Por ejemplo, fue un terreno muy propicio para la virtualización del dinero. Además, termina de consolidarse un proceso que es clave a nivel global, que tiene que ver con la convergencia entre finanzas y digitalización.

Es decir, a través de nuestros teléfonos, hoy con un clic accedemos a créditos que antes tal vez llevaban trámites mucho más complejos o había que ir a solicitar a ciertas instituciones. Hoy permanentemente estamos bombardeadas por ofertas de créditos a un solo clic. En el caso de Argentina, además, desde el gobierno anterior y sobre todo a partir de la victoria de la ultraderecha, la desregulación de una de las empresas principales – que es Mercado Pago-  que además fue liberada del pago de impuestos. Así Argentina es un gran ejemplo de algo que es una tendencia mundial, la dificultad de regular estas plataformas.

En el caso de Argentina con Mercado Pago, además, sucede algo, que si bien su dueño permanentemente hace alarde del capitalismo desregulado, de las políticas anti-Estado, sin embargo, lo que está buscando de manera sistemática es hacer negocios con los dineros públicos del Estado. Entonces, hay una campaña muy fuerte —y esto ya nos ha aparecido en distintos momentos de la investigación— para convertirse en la plataforma que media, por la cual se reciben los programas estatales, en particular dedicados a mujeres. De una manera muy general, pero en particular tenemos identificado cómo Mercado Pago está disputando ser la plataforma por la cual el Estado elige enviar programas sociales.

Además, ha hecho campañas en distintos barrios para que sean las propias beneficiarias las que hagan propaganda y convenzan a otras beneficiarias de que se inscriban en esta plataforma porque, gracias a recibir el subsidio estatal por esta plataforma, tenés un acceso a créditos “privilegiado”. Entonces, ahí el circuito entre plataformización, desregulación y, a la vez, aprovechamiento de los dineros públicos del Estado es muy fuerte, y cómo esto se conecta en el caso de Argentina con un gobierno de ultraderecha que justamente beneficia este tipo de negocios.

Esta investigación ha atravesado distintas fases y territorios. ¿Cómo se ha desarrollado desde el trabajo realizado durante la pandemia hasta las investigaciones más recientes?

El libro La Casa como Laboratorio[1] fue durante la pandemia, sí está focalizado en un trabajo que hicimos con las compañeras de la Asamblea Feminista de la Villa 31, que es un barrio popular de la ciudad de Buenos Aires, y con el Sindicato de Inquilinos e Inquilinas. Con ellas también veníamos trabajando y, durante la pandemia, la cuestión habitacional y, en particular, inquilina, estalla como problemática porque empiezan a sucederse, a pesar de que hay en ese momento un decreto presidencial que impide los desalojos, los desalojos se realizan igual. Hay un montón de situaciones que empiezan a ser denunciadas por inquilinas mujeres, de abuso de poder de los propietarios, de aumento indiscriminado de los alquileres, de exigencias y condiciones para los contratos de alquiler por fuera de la ley.

Tenemos que acordarnos de que en ese momento de pandemia hay un gran logro del Sindicato de Inquilinos, que es la primera Ley de regulación del alquiler después de la dictadura militar, y que fue la primera ley que Milei da de baja cuando anuncia, el 20 de diciembre, el paquete de reformas por DNU (Decretos de Necesidad y Urgencia). Me parece que ahí hay todo un arco que se explicita. De cómo, en la pandemia, buena parte de las deudas que empezamos a detectar son deudas para pagar el alquiler. Eso se conecta con un poder abusivo de las inmobiliarias y de los dueños en esa situación de emergencia. También de cómo hay una capacidad de organización política, y este logro legislativo del sindicato; y cómo el gobierno de ultraderecha lo primero que hace es volver a desregular el mercado de alquileres y hoy, de nuevo, lo volvemos a ver como una de las principales fuentes y causales de toma de deuda. Hoy hay compañeras que, en las últimas encuestas que hemos hecho, están contando que están pagando el alquiler en cuotas con tarjeta de crédito. Entonces, me parece que es un circuito que se ve, tiene un momento umbral, álgido, en la pandemia, pero también en el gobierno de la ultraderecha.

Con relación a la trayectoria de las investigaciones, La potencia feminista[2] se publica en 2019. Nosotras empezamos también en 2018 la investigación que después se publica como Una lectura feminista de la deuda (2020)[3]. Además, yo venía trabajando cómo pensar la conexión entre los extractivismos “literales”, como se dice, extractivismo de materias primas, de recursos, etcétera, con lo que empecé a llamar extractivismo financiero, porque, por un lado a nivel macro, el endeudamiento sistemático del país hace que, debido a la deuda con el FMI (Fondo Monetario Internacional), se diga que el gobierno tiene necesidad de divisas. ¿Y de qué manera va a conseguir esas divisas? Bueno, a través de la profundización del modelo neoextractivista. Esa secuencia que se ve a nivel macroestructural de la economía nacional me interesaba conectarla, porque ahí se ve un tipo de extractivismo financiero. Es decir, cómo la deuda motoriza e impulsa el proyecto neoextractivo. Y, al mismo tiempo, me parece que la deuda, a nivel de la vida cotidiana, también puede pensarse como un extractivismo financiero de los sectores informalizados del trabajo, hoy también de sectores registrados, de trabajo, que se ven obligados a tomar deuda para sustentar su vida cotidiana. La deuda funciona, en ese sentido, como un mecanismo extractivo de ingresos, de esfuerzos, de energías.

Entonces, como es tan importante en América Latina la discusión sobre extractivismo, me parece que hay que completarla con ese elemento que es clave, que es, cómo hay una dinamización financiera y una justificación por los compromisos de deuda, de cómo se acelera en nuestros países el extractivismo. Lo financiero funciona como una especie de articulación de eslabones y, a la vez, funciona a nivel macro y a nivel micro. En ese sentido, me parece que es clave cuando decimos que estamos haciendo investigación feminista sobre lo financiero, pensar en cómo podemos conectar los dos niveles, lo macro y lo micro.

El extractivismo es una lógica de expropiación, no sólo de explotación del trabajo, como en general se hacen los análisis, sino que el extractivismo es una lógica de expropiación donde lo financiero funciona como la herramienta que hace posible, que vehiculiza esa expropiación de trabajo, de energía, de tierra, de territorio. Y que se articula también, por ejemplo, con los planes de austeridad porque, gracias a que se cortan los servicios públicos, vas a empezar a endeudarte para pagar un colegio privado para tus hijes, o vas a endeudarte para pagar una prepaga porque las obras sociales han sido vaciadas. Entonces, el avance de la privatización de los recursos públicos es también cómo se prepara el terreno para que la deuda empiece a ser la manera en que afrontamos los gastos de la vida cotidiana que antes estaban solventados por instancias públicas o por recursos comunes.

El movimiento Ni Una Menos replanteó la deuda como un ámbito de lucha feminista. ¿Cómo politizaron los movimientos feministas en Argentina la cuestión de la deuda  y cómo podemos construir una pedagogía feminista de la deuda?

Para nosotras, por lo menos desde la experiencia del colectivo Ni Una Menos, pero siempre en articulación con otras colectivas y con otras experiencias, fue un punto clave la vuelta al FMI del país, de Macri (Presidente de Argentina de 2015 a 2019) en el año 2018, en un momento donde la movilización feminista era muy intensa. Desde 2017 nosotras empezamos a hacer actividades y performances también frente al Banco Central de la República Argentina, denunciando por qué eran las mujeres las más empobrecidas y por qué eran las mujeres las que tenían que acudir a la deuda para garantizar la reproducción de sus familias, de sus territorios.

Nos parecía que era fundamental empujar desde ahí que, cuando decíamos que nos queríamos vivas, cuando decíamos “Paren de matarnos”, era inmediata la necesidad de decir: “Para eso se requiere autonomía económica”. Para eso no podemos estar endeudadas y obligadas a quedarnos en ámbitos que o son violentos o que no nos permiten un desarrollo personal porque justamente hay una situación de no independencia económica que, por lo tanto, imposibilita tomar ciertas decisiones. Entonces, nos parecía que era un cruce clave, que cuando reclamábamos la libertad y que nos queríamos vivas, eso tenía que tener un correlato material, de qué significaba tener economías que sustenten esa autonomía.

Eso significa buenos salarios, pero también demandar más recursos públicos del Estado, mejores jubilaciones, mejores programas sociales. A partir de pensar la autonomía económica, eso se discutía en los distintos ámbitos de distintas maneras. En algunas colectivas se decía: “Bueno, para tener autonomía económica necesitamos urbanización de nuestros barrios y mejores casas, por ejemplo. Para tener autonomía económica necesitamos salarios que además reconozcan las tareas de cuidado. Para tener autonomía económica necesitamos servicios públicos que no nos obliguen a privatizar en nuestras casas servicios como la educación y la salud”.

Entonces, era interesante porque unificar la demanda de autonomía económica y de desendeudamiento también permitía pluralizar cómo eso se concretaba y se traducía en demandas concretas en distintas organizaciones, en distintos ámbitos. Una cosa era lo que demandaban compañeras del ámbito de la ruralidad como autonomía económica, por ejemplo, vinculada a la propiedad de la tierra, y otra cosa era lo que demandaban como autonomía económica las compañeras de las economías populares diciendo: “Bueno, necesitamos que se nos reconozca como trabajadoras”. Me parece que fue algo muy interesante porque habilitó esa interconexión con la cuestión de la economía concreta, material, cotidiana, pero también, de manera más amplia, decir: ¿cómo estamos desde los feminismos disputando la riqueza social?

Esa articulación me parece que fue clave también para que el movimiento fuera evidenciando un carácter de clase. Es decir, ¿quiénes son las trabajadoras a las que se les paga menos, a las que no se les paga, a las que no se las reconoce, las que tienen jubilación y las que no? La cuestión del trabajo remunerado y no remunerado se puso en el centro del debate de los feminismos. Y también: ¿qué significan las condiciones materiales de la vida? La vivienda, la salud, la educación, la calidad de vida en los barrios. Entonces, creo que fue un trabajo muy importante de artesanalidad política también, de ir construyendo esos vínculos con la cuestión de la economía desde las prácticas feministas. Y la pandemia pone en el centro el trabajo esencial, el hogar, quién cuida, quién se responsabiliza no solo por su propia familia, sino por el barrio, por el territorio, por tus amigas.

Desde tu perspectiva, ¿hay formas de romper o subvertir las relaciones patriarcales de deuda a nivel local? ¿Qué experiencias colectivas o redes están apuntando hacia formas más feministas de reproducción social y autonomía económica?

Yo creo que hay muchas colectivas y, sobre todo, muchas tramas que se arman. Estoy pensando, por ejemplo, en Mujeres de la Tierra, que son agricultoras, muchas de ellas migrantes, y que articulamos con ellas desde Movida Ciudad, desde la organización, para constituir un polo de distribución de alimento agroecológico y también haciendo una interpelación a que se compre y se sostenga trabajo feminista y comida sin veneno, por ejemplo.Pero también estoy pensando en las dinámicas de cooperativas feministas de trabajo digital, que están haciendo cosas super interesantes para experimentar con formas cooperativas en sectores que muchas veces no asociamos con la cooperativa, como tiene que ver con el trabajo digital.

Estaba pensando en las compañeras de FACTTIC (Federación Argentina de Cooperativas de Trabajo de Tecnología, Innovación y Conocimiento), con las que estamos tratando de empezar a pensar algunas articulaciones. Pero también en las dinámicas históricas de las economías populares, de los movimientos sociales que vienen de una genealogía de lucha, que han convertido los momentos en los que en el país estalló la crisis de desocupación en intentos autogestivos de distinto tipo.

Son también los primeros territorios golpeados por la crisis y por la criminalización política de este gobierno. Yo creo que, frente además a lo que significa un Estado anarcocapitalista como el que estamos viviendo, es cada vez más importante profundizar y consolidar dinámicas cooperativas autogestivas. Porque, además, las estructuras que necesitamos para militar, para fortalecer las organizaciones, no pueden desentenderse de que hoy la mayoría de las personas no llegan a fin de mes. Entonces, hay que organizar también formas de trabajo que den recursos y liberen tiempo para militar. No son asuntos separados en este momento.

En un contexto de aumento de la deuda, ¿han identificado experiencias que permitan afrontarla colectivamente?

En algunos de los libros lo comentamos. Por un lado, hay muchas experiencias de compañeras que, frente a una compañera que está en una situación de más exposición a la violencia por el endeudamiento, hacen rifas, juntadas de dinero colectivas para salvar a esa compañera, se hacen campañas. Son maneras colectivas de desendeudar a quien la está pasando peor en un momento.

Después, creo que hay organización en distintos territorios de lo que podríamos llamar asistencia financiera, para tratar de poder asesorar frente a tasas de interés cada vez más brutales. Y con Luci estamos tratando de pensar también un manual de autodefensa financiera. Estamos tratando de ver qué dispositivos, qué estrategias, qué conocimientos podríamos poner a circular y podrían articularse, de cosas que ya existen y otras que hay que inventar, para pensar algo que es muy importante de los feminismos, que es la autodefensa. Que siempre la pensamos frente a las violencias machistas, pero cómo pensar la autodefensa frente a la violencia financiera.

Creo que tiene que ver con cómo concretizamos esto de que nos queremos desendeudadas. Hay un libro que hicimos junto a Silvia Federici que se llama ¿Quién le debe a quién? Ensayos transnacionales de desobediencia financiera[4], donde hay distintas experiencias, sobre todo en América Latina, pero no únicamente, que incluyen desde cajas de ahorro, mutuales, formas de organización sindical frente a la deuda. O sea, distintas experiencias que asumen, se hacen cargo del problema de la deuda y proponen distintas estrategias y alternativas desindividualizando la deuda.

Yo creo que esa es una primera clave que aparece en todas las experiencias, primero, no es un problema tuyo individual. El primer gesto es colectivizar o desindividualizar la deuda y eso ya, diría, es un gesto de autodefensa, ponerlo en colectivo y ponerlo como un problema que no es solamente tu angustia individual, personal. Y yo creo que esto, en el caso además hoy de nuestro país, está totalmente ligado a la situación de hiper endeudamiento que está proponiendo el gobierno, que sabemos que se traduce en sobreendeudamiento de las personas y las familias, que hoy está en un nivel récord en la Argentina. Entrevista realizada por Agustina Calcagno, editada para su publicación por Carolina Mosquera Vera


[1] Disponible en: https://www.clacso.org/wp-content/uploads/2022/07/La-casa-laboratorio.pdf

[2] Disponible en: https://www.tintalimon.com.ar/public/k3jbhvt08gqeeusq48koqbtjafx7/La%20potencia%20feminista_WEB.pdf

[3] Disponible en: https://tintalimon.com.ar/public/h1zy6opqfedln79rq1kh5bxd927o/una%20lectura%20feminista%20de%20la%20deuda.pdf

[4] Disponible en: https://tintalimon.com.ar/public/x2aajtw1zgx4u2c3gkvgowfl4se5/quien%20le%20debe%20a%20quien.pdf