Perspectivas feministas sobre la economía de plataformas: mujeres trabajadoras y sindicalización
Síntesis de la presentación de Kruskaya Hidalgo Cordero, investigadora, sindicalista y activista feminista. Es una de las fundadoras del Observatorio de Plataformas. Kruskaya explora el impacto de las economías de plataforma en los cuerpos y las vidas de las mujeres, especialmente de las mujeres migrantes y racializadas, construyendo relatos de vida y saberes colectivos que desafían la colonialidad del poder-saber-ser.
La presentación se centró en analizar la economía de plataformas, abordando los modos en que este modelo económico reconfigura las relaciones laborales. La ponente combinó aportes teóricos y ejemplos concretos a partir de su trabajo como investigadora-sindicalista, articulando tres ejes principales: la definición crítica de la economía de plataformas, los diferentes tipos de plataformas con una mirada feminista sobre el sector de plataformas de cuidado, y las resistencias colectivas frente al poder algorítmico.
Kruskaya abrió su exposición situando su propia trayectoria como sindicalista e investigadora feminista latinoamericana. Subrayó la importancia de la posicionalidad como herramienta teórico-metodológica, para insistir en que ni la teoría ni la tecnología son neutras. En este sentido, resaltó que las personas que crean las plataformas digitales lo hacen desde posiciones de poder concretas, con intereses económicos y geopolíticos determinados. Desde la epistemología del punto de vista, anclada en las teorías y epistemologías feministas, planteó que las y los trabajadores son expertes de su propia vida y que la práctica decolonial implica un ejercicio constante de reflexión crítica sobre el lugar desde el cual se produce conocimiento.
En este marco, definió la economía de plataformas como un modelo de negocio que, bajo la retórica de la flexibilidad y la innovación, ha transformado la forma en que las personas experimentan el trabajo. Aunque suele presentarse como una vía para aliviar los daños del mercado laboral, en realidad ha profundizado la precarización, individualización y pérdida de derechos laborales, especialmente entre las mujeres, las personas migrantes y racializadas. Kruskaya explicó que la economía de plataformas ha consolidado una nueva división internacional del trabajo, donde los países del Sur Global proveen fuerza de trabajo digital barata a corporaciones multinacionales del Norte Global. Esta división, además de económica, es sexual y racial: refuerza los estereotipos coloniales que asignan a las mujeres tareas de cuidado y de servicios. La autora señaló que la industria tecnológica es estructuralmente racista y sexista. Cifras de organismos internacionales y estudios recientes evidencian altas tasas de acoso y discriminación.
La autora destacó que las mujeres se insertan en estos mercados laborales en condiciones de alta flexibilidad y precariedad estructural. En este contexto, la aparente autonomía de las plataformas es ilusoria, en tanto les trabajadorxs deben permanecer conectades más de ocho horas diarias para mantener buenas calificaciones o evitar sanciones del algoritmo. El modelo de gestión algorítmica del trabajo, que reemplaza la figura tradicional de jefe o jefa por una aplicación, borra la relación laboral formal y oculta las jerarquías directamente relacionadas con el trabajo. Las plataformas se presentan como simples intermediarias entre clientes y prestadoras de servicios, pero en la práctica controlan las tarifas, los tiempos de conexión y las condiciones de trabajo. Este proceso de desregulación del trabajo implica la desaparición de derechos laborales, de seguridad social y de negociación colectiva, así como la atomización de la clase trabajadora.
Tipos de plataformas en sectores no convencionales: cuidados y trabajo sexual
Si bien la economía de plataformas abarca múltiples sectores, la mayoría de los estudios se ha centrado en aquellos dominados por hombres, como el reparto o el transporte, donde cerca del 90% de los trabajadores son varones. En contraste, la autora dedicó una parte central de su presentación a las plataformas de trabajo de cuidado, un ámbito poco explorado pese a su rápida expansión. Recordó que el hogar sigue sin ser plenamente reconocido como espacio laboral. Para esto, ilustró el caso de la aplicación Mary Help, en Brasil, en la cual, de los 90 reales que paga un cliente, la trabajadora recibe solo 40, mientras la plataforma se queda con el 60% del valor del trabajo.
En México, la app Aliada promueve un discurso de “sororidad” y “alianza femenina”, pero en la práctica fomenta la competencia entre trabajadoras, quienes deben reducir sus tarifas —entre 2 y 4 dólares la hora— para ser empleadas. Estas prácticas, advirtió Kruskaya, instrumentalizan el lenguaje feminista para precarizar a las trabajadoras. La autora recordó además las raíces coloniales del trabajo doméstico, el cual fue históricamente realizado por mujeres esclavizadas o racializadas, lo que sigue marcando jerarquías étnico-raciales y de clase en la actualidad. Frente a esto, subrayó la relevancia del Convenio 189 de la OIT sobre el trabajo decente para trabajadoras domésticas, y llamó a incorporar estas demandas en las discusiones sobre economía digital.
En un segundo momento, la autora analizó también plataformas de trabajo sexual, como OnlyFans, donde las tensiones entre autonomía, seguridad y precarización son más prominentes. Algunas mujeres encuentran en ellas un espacio de mayor control sobre sus condiciones laborales y su seguridad, en comparación con el trabajo sexual callejero, pero siguen sujetas a la lógica extractivista de las plataformas, que retienen parte significativa de sus ingresos y controlan sus datos personales. La autora insistió en no homogeneizar a esta población ni tener lecturas simplistas: las plataformas pueden habilitar ciertas formas de agencia, pero siguen reproduciendo desigualdades estructurales que exigen una regulación con enfoque feminista.
Asimismo, analizó el caso de las y los trabajadores moderadores de contenido, responsables de evaluar y depurar material violento antes de su publicación en redes sociales. La mayoría trabaja de manera subcontratada en países del Sur Global, como Kenia, en condiciones de sobreexplotación y con graves consecuencias psicológicas. Esta deslocalización de funciones específicas que sostienen los contenidos de internet, llamada por algunas investigadoras “Silicon Savannah”, refleja la contradicción del tecno-optimismo capitalista, que en realidad oculta formas contemporáneas de precarización extrema.
Resistencias, sindicalización y articulaciones transnacionales
En la tercera parte, Kruskaya examinó las estrategias de resistencia frente al poder algorítmico. Citó, por un lado, el trabajo de Tiziano Bonini y Emiliano Treré en su libro Algoritmos de resistencia: la lucha cotidiana contra el poder de las plataformas, que describe tácticas individuales como la creación de perfiles múltiples, la manipulación del sistema de reputación o la cooperación informal entre trabajadorxs y usuaries. Pero también amplió la mirada al plano de la organización sindical y transnacional. Destacó los esfuerzos organizativos que culminaron en cuatro paros internacionales durante la pandemia, donde participaron 65 organizaciones sindicales de 35 países. A pesar de que el 90% de las personas trabajadoras de plataformas son hombres, en América Latina las primeras organizaciones sindicales fueron creadas y lideradas por mujeres migrantes, en particular venezolanas.
Estas experiencias revelan la capacidad de les trabajadorxs para construir redes transnacionales de solidaridad y negociación colectiva, cuestionando tanto a las empresas como a los sindicatos tradicionales. Kruskaya señaló que, si los sindicatos no comienzan a reflejar la diversidad de la sociedad en términos de género, raza y clase, corren el riesgo de desaparecer. Por su parte, les trabajadorxs de plataformas están impulsando formas de organización más inclusivas, horizontales e interseccionales, que integran la lucha por derechos laborales con agendas transversales de justicia social, ambiental y migratoria.
Como cierre, Kruskaya insistió en que el desafío no es eliminar las plataformas, sino transformarlas. Las trabajadoras no buscan que desaparezcan, sino que se reconozcan sus derechos. Tomando un ejercicio realizado por la investigadora chicana Magally Miranda, propuso imaginar aplicaciones que respondan a otro tipo de valores, que respeten los derechos laborales, faciliten la regularización migratoria, promuevan el uso de materiales sostenibles y garanticen la protección de datos. Desde esta mirada, las plataformas pueden ser reimaginadas como herramientas de cooperación y cuidado, no de explotación y control.
En la ronda de preguntas se profundizó sobre la relación entre el concepto de acumulación originaria de Silvia Federici y la economía de plataformas. Kruskaya respondió que el capitalismo digital implica una nueva forma de desposesión: la expropiación del tiempo. Las plataformas mercantilizan no solo la fuerza de trabajo, sino también la disponibilidad temporal de las personas. Se trata, dijo, de una acumulación del tiempo como forma contemporánea del capitalismo.
Otra pregunta abordó la posibilidad de organizarse más allá de los sindicatos. Kruskaya mencionó que la lucha sindical se está expresando de múltiples formas y debe articularse con otras agendas. Asimismo, ya existen redes globales de trabajadoras de plataformas que articulan luchas por Palestina y que incluyen en sus denominaciones la representatividad LGBTQ+. Estas coaliciones demuestran que la disputa por la economía de plataformas trasciende lo laboral y tiene en cuenta múltiples dimensiones de la interseccionalidad. Finalmente, retomando los aportes de Lisa Nakamura, subrayó la necesidad de visibilizar a quienes sostienen materialmente internet. Mientras la propiedad tecnológica se concentra en manos de hombres blancos del Norte Global, son las trabajadoras del Sur quienes fabrican los dispositivos, ensamblan los cables y moderan los contenidos que sostienen y hacen posible internet.
Summary by: Carolina Mosquera Vera