South Feminist Futures entrevistó a Adriana Guzmán Arroyo tras su presentación en la sesión sobre Feminismo Comunitario Antipatriarcal. En esta conversación, Adriana reflexiona sobre la justicia comunitaria frente a la violencia patriarcal, la centralidad de la comunidad y la importancia de descolonizar la salud, la justicia y la reproducción. Para mayor contexto sobre esta entrevista pueden consultar el enlace a la sesión del 20 de agosto de 2024: https://southfeministfutures.org/es/teach-in-15-anti-patriarchal-community-feminism-2/


Adriana Guzmán Arroyo es una referenta del Feminismo Comunitario Antipatriarcal en Bolivia. Es mujer lesbiana, educadora popular y radialista. Formó parte de los movimientos sociales que enfrentaron la Masacre del Gas en 2003 y se desempeñó como Vocera Ejecutiva Nacional del Feminismo Comunitario en Bolivia. Actualmente, acompaña a mujeres del pueblo guaraní en procesos de reflexión y acción frente a las lógicas machistas, el cuestionamiento de las violencias y la prevención de la violencia, siempre desde la cosmovisión guaraní y sus principios.

Desde el feminismo comunitario, Adriana y sus compañeras han desarrollado la noción de Cuñareta Yambae. En guaraní, yambae significa “ser libre, ser sin dueño”. En este sentido, han planteado que no puede haber un ser libre si no existe también un cuñareta yambae, si no hay un ser libre y un ser sin dueño para las mujeres también.

¿Cuál es el proyecto de sociedad del feminismo comunitario antipatriarcal?

El feminismo comunitario antipatriarcal se empezó a organizar en el año 2003 y una de las primeras cosas que nos preguntamos es qué proponen los feminismos. Cuando nosotras decidimos llamarnos feministas, era para poder hablar del patriarcado, pero empezamos a preguntarnos qué proponen los feminismos, cuál es su propuesta de Estado, de comunidad, de mundo. Y nos encontramos con feminismos que describen el problema, pero que no proponían. Entonces, por eso, para nosotras es fundamental proponer, y nuestra propuesta es una propuesta que existe. No es una utopía, no es algo que hay que alcanzar. La comunidad existe. Nuestra propuesta es la comunidad como forma de organización política, como forma de autoorganización, como forma de ejercicio de autonomía y como forma de autogobierno. La comunidad y la comunidad de comunidades.

¿Tienes ejemplos de esas prácticas comunitarias y transformadoras que ya existen, y que nos pueden inspirar como feministas?

El proyecto político de sociedad, de mundo, es la comunidad, por la autoorganización, por el autogobierno. La organización que te hace romper el individualismo y el autogobierno que cuestiona y desestructura los Estados como única forma de organización de la sociedad; y los partidos políticos, también, como instrumentos de gestionar la vida. Entonces, la comunidad existe y ya se organiza con prácticas que le permiten su autogobierno. Un ejemplo de esto es la justicia comunitaria.

En Bolivia se llama justicia indígena originaria campesina, y está reconocida en la Constitución como justicia, con equivalencia a la justicia ordinaria. ¿Qué es lo distinto en la justicia comunitaria? Que cuando vos vas a la discusión sobre algo que ha sucedido, un conflicto o un delito, la intención de la justicia no es castigar, no es solamente sancionar. La intención es pedagógica. La intención es que todas y todos lo discutan para que eso no vuelva a suceder. Y, para que no vuelva a suceder, tenemos que saber por qué ha sucedido. Qué responsabilidad tiene toda la comunidad, no solamente el agresor, si estuviéramos hablando de un caso de violencia. Qué responsabilidad tiene su familia, sus padres, sus abuelos, su entorno más cercano, toda la comunidad. Todos tenemos responsabilidad sobre lo que ha sucedido.

Entonces, primero, es pedagógica, a diferencia de la justicia ordinaria. Segundo, no solamente juzga el hecho, sino todo lo que hay detrás; todo el camino que ha seguido esa persona, pues no la puedes juzgar por ese momento, sino por todo lo que es. Ahora, si el agresor es sistemáticamente violento, no cumple con la comunidad, no hace trabajo comunitario, bueno, entonces, ahí hay muchas razones para ver por qué ha sido violento. Y además, la justicia comunitaria se hace cargo de la reparación. En la reparación está que nadie más vuelva a vivir eso. Y ahí tenemos una asamblea donde se discute para que nadie más vuelva a vivir eso.

Eso no pasa con la justicia ordinaria, que es un proceso privado, escondido, donde nadie sabe lo que ha sucedido, y después tienes un violador viviendo al lado de tu casa impunemente. La justicia comunitaria es posible de transformar. No está escrita en un código, no hay un juez con una peluca blanca al que no le puedes hablar; al que tiene que hablarle solamente un abogado, a través de un memorial. Esa es una práctica.

Otra práctica importante es la producción. Lo que comemos es importante, en términos de salud, en términos políticos, porque somos lo que comemos. Entonces, mantener la comida que tenemos, los cereales, los granos, la quinua, por ejemplo, que es una comida de los pueblos aymara, aunque ahora está de moda en el mundo, pero es una comida, un alimento producido en estos territorios. La quinua, el amaranto, la cañahua. Mantener lo que comemos, no solo para alimentarnos y para tener salud, sí, sino también como un acto político, de mantener lo que como pueblos hemos cultivado. También como un acto político de cuestionar la comida chatarra, la comida que se come sin ningún contenido cultural y político. Entonces, algo que es importante en lo comunitario es mantener la comida, mantener la ropa, mantener los colores.

Por ahí, una quisiera, o sería más práctico o estaría mejor vista, si se pusiera una blusa de una marca famosa. Viviría menos racismo, sería más incluida, de repente, pero preservar la ropa, preservar la comida, preservar los colores, preservar las formas de hablar son formas de estar en el mundo que te permiten una vida más digna, en un mundo que es racista, que es explotador.

Puede ser un desafío promover, en las grandes ciudades, en las capitales como Buenos Aires, como San Pablo, como La Paz, una conciencia en torno a que ocupamos un territorio ancestral. ¿Qué herramientas brinda el feminismo comunitario antipatriarcal, como proyecto, para promover esa conciencia?

Es importante para nosotras interpelar las lógicas coloniales que se reproducen sobre los territorios. Plantear que hay un solo territorio ancestral, que es el territorio alejado de la ciudad, que es el territorio rural, y que ahí viven las defensoras del territorio, entonces nos estaría planteando que, si ellas son las defensoras, entonces las que están en la ciudad son las agresoras. ¿O cuál es la relación, si no, que se plantea? Es muy cómodo plantear que otras sean las defensoras y que una siga sus prácticas de vida, sus consumos. Hay que cuestionar esa lógica colonial. El territorio ancestral también está debajo del cemento, y esa es una responsabilidad de todas y de todos. O sea, poder defender el territorio frente al extractivismo inmobiliario, por ejemplo, en las ciudades. ¿Qué herramientas hay para eso?

Primero, reconocer que Abya Yala es territorio ancestral y que las ciudades se han construido sobre ese territorio ancestral, con genocidios y con explotación hasta hoy, pero ese territorio sigue existiendo debajo del cemento. Y su fuerza, y su energía, y su espiritualidad también siguen existiendo, a pesar del cemento. Otro elemento es qué tipo de vida queremos. ¿Queremos una vida que esté en los tiempos, en las lógicas de explotación de las ciudades? ¿Queremos seguir consumiendo los productos, sabiendo que significan explotación para otras? ¿O realmente estamos decididas a hacer de la ciudad también una tierra donde se puede producir? Eso significará, en algún momento, romper una carretera y poner una parcela de maíz, pero esa es una responsabilidad que hay que asumir, porque si no, vamos a tener que reproducir esas lógicas donde va a haber mujeres originarias o campesinas produciendo el maíz para que se hagan tortillas en la ciudad para hacer la revolución. Entonces, qué tipo de vida queremos. Si la lucha es solamente fuera de nuestras vidas o también es, como decimos nosotras, la lucha en el territorio, en la calle, en la casa y en la cama. Esa es una interpelación que no solo sirve para la comunidad, sino que sirve para la ciudad y para todas partes.

¿Cómo y por qué el feminismo comunitario antipatriarcal es poderoso como proyecto, como movimiento, y como herramienta poderosa para enfrentar estas políticas de militarización en América Latina? ¿Qué brinda de distinto a otros movimientos feministas?

Bueno, hay que construir, hay que caminar en feminismos útiles para la lucha de los pueblos. El feminismo comunitario ha sido útil para nosotras, que somos aymaras, que creemos que la comunidad es posible y que la comunidad de comunidades es posible, y que creemos que el Estado solamente administra el sistema, reproduce las lógicas de explotación, fomenta las lógicas de militarización, legitima los genocidios y legitima el extractivismo. Entonces, ese es el feminismo que ha sido útil para nuestras luchas. Yo creo que, en cada territorio, de acuerdo a las opresiones y a las luchas que hay que hacer, hay que construir feminismos que nos ayuden a enfrentar esas luchas.

Los territorios militarizados, sea por fuerzas paramilitares, fuerzas de los ejércitos de los Estados, o cárteles de narcotráfico que también ocupan los territorios. Todas esas formas de ocupación son posibles cuando la comunidad está rota, cuando la comunidad está desarticulada, cuando la comunidad está desorganizada, y eso sucede normalmente cuando los partidos políticos se han metido dentro de la comunidad, han cooptado a las dirigencias. Las han sumado para ser candidatas que no logran nada para sus pueblos; han reproducido lógicas de explotación sexual, de trata y tráfico. Entonces, la comunidad está rota, desarticulada, las mujeres están buscando justicia o buscando a sus hijas. Entonces, ahí es necesario un feminismo. Primero, porque es necesario organizarse. No puede cada cual, por su lado, tratar de salvarse. Unos más cerca de la empresa, otros más cerca de los narcos, otros más cerca buscando justicia. Necesitamos organizarnos porque es una misma forma de ataque que estamos viviendo.

Entonces, el feminismo es importante, primero, porque te convoca a organizarte. Segundo, porque te ayuda a mirar el patriarcado. No está todo desarticulado. Tiene que ver la violencia con las transnacionales. Tienen que ver los feminicidios con la empresa minera y con el cártel de narcotráfico. Entonces, el feminismo te ayuda a comprender mejor eso para poder tomar acciones, para poder organizarte frente a eso.

La ocupación de los territorios de los pueblos tiene que ver con esa fragmentación. La primera herramienta que tenemos que construir como un feminismo útil es la rearticulación de la comunidad. Y no es posible la rearticulación de la comunidad si no cuestionamos estas lógicas de violencia hacia las mujeres, hacia las niñas y hacia la naturaleza. No es que hablamos de construir una comunidad sin hombres, pero sí con hombres que están dispuestos a cuestionar estas lógicas de poder y dominación. Con hombres que están dispuestos a ser coherentes con el equilibrio, con la cosmovisión, con el respeto a la red de la vida y, en esa red de la vida, estamos nosotras. Entonces, con hombres que están dispuestos a no sumarse a los cárteles, que están dispuestos a no tomar las armas, que están dispuestos a renunciar al poder que les da un arma, en un mundo que les ha quitado todo poder; en un mundo que también los ha sometido, en un mundo que también los ha dominado.

El feminismo te permite construir esas herramientas de organización y solo en la organización podemos interpelarlos. Este no es un proceso personal. No los vamos a capacitar, no los vamos a sensibilizar. Solamente en la organización y frente a la militarización vamos a poder encontrar una respuesta entre hombres, mujeres, disidencias, cuerpos plurales que queremos vivir en un mundo sin violencias y sin ocupaciones.

¿Qué ideas y prácticas nos brinda el feminismo comunitario para pensar la salud, el cuerpo y la reproducción?

Conexión Cuerpo-territorio

Cuando nosotras hablamos de comunidad, estamos hablando de una comunidad que no solamente son personas viviendo en un territorio. Hay una comunidad que está formada por la tierra, por las montañas, por los árboles, por los ríos, por la mar, por todo lo que es parte de ese espacio. Están también las personas, pero también están las montañas, las aguas, los pájaros. Por eso es muy difícil pensar en el cuerpo dividido del territorio. Si pensáramos en el cuerpo, ¿cómo sería un cuerpo sostenido en el aire? El cuerpo de una mujer aymara, el cuerpo de una mujer trans, el cuerpo de una mujer que está en territorio en conflicto armado, como pasa todavía en Colombia.

No es posible que hablemos del cuerpo sin que hablemos del territorio y, así, entonces, tendríamos que hablar del cuerpo mirando las relaciones de poder que establece el patriarcado, relaciones colonialistas, relaciones racistas, relaciones de saqueo del territorio que necesitan dominar los cuerpos para saquear los territorios. No es posible entender el cuerpo sin esas relaciones que establece con los otros cuerpos, sin la relación con la naturaleza, sin la relación con otras humanas, humanos, personas.

Es decir, cuando, como pueblos indígenas, originarios, desde la memoria ancestral, planteamos una relación con la naturaleza, una relación de convivencia, de respeto y de equilibrio, estamos planteando que nuestro cuerpo no está dividido de ese cuerpo. Sí es un cuerpo individual, pero es parte de este cuerpo grande que es la naturaleza, que es un cuerpo plural. Sí es un cuerpo individual, pero también es parte de este cuerpo político que compartimos las mujeres, para nosotras, siendo feministas.

Nosotras compartimos un cuerpo político porque compartimos un cuerpo que vive las mismas opresiones, los mismos riesgos de violencia, explotaciones, la cultura de la violación reproducida sobre nuestros cuerpos. Entonces, para mí no es posible pensar el cuerpo sin pensar en el territorio. Lo que vayamos a pensar como autocuidado, como participación y decisión política, como ecofeminismo, como producción de la tierra, nuestro cuerpo está en relación con ese cuerpo que es la naturaleza. No podemos pensarlo fragmentado.

Con relación a la salud, cuando fue la pandemia, en Bolivia vivimos un golpe de Estado, un golpe al pueblo con la pandemia. “Un COVID con golpe”, decíamos nosotras. No había servicios de salud. Como forma de represión de la dictadura que estábamos viviendo, se cerraron todos los servicios de salud cercanos a los pueblos indígenas originarios campesinos, los vinculados al gobierno de Evo Morales, como una forma de represión, como una política genocida también. Eso nos permitió recuperar más todavía la memoria, reinventar también la memoria y la medicina tradicional, y entender que realmente las abuelas tienen razón cuando nos dicen: “tu comida es tu medicina”. La comida es nuestra medicina. Esa es la mejor definición de prevención. No se trata de poder responder a un problema de salud con un medicamento, sino de cuidar permanentemente nuestro cuerpo y el equilibrio de nuestro cuerpo con la alimentación que tenemos. Por eso es política la alimentación, y por eso la salud tiene que ver con la comida. Por otro lado, hemos podido organizarnos para responder a la pandemia con autoorganización.

Desde la medicina tradicional, desde la medicina ancestral y desde la posibilidad de sanación personal y comunitaria, hemos recuperado prácticas de hablar con el COVID, de recibir al COVID, que es tomar conciencia de la enfermedad que estás viviendo. Recuperar las plantas que han servido siempre. Aquí vivimos en una altura grande, 4.000 metros, y hay plantas que sirven para sanar los pulmones. Todo eso nos ha servido para enfrentar al COVID, y lo principal ha sido que hemos aprendido que podemos resolver también nuestros problemas de salud. No todos los problemas tienen que ser farmacologizados. No todos tienen que depender de la industria farmacológica. No todos tienen que depender de la medicina que está dentro de los hospitales.

Hay una capacidad de autocuidado, de autosanación, y tiene que ver con esos saberes ancestrales, con la medicina tradicional, con una descolonización del conocimiento, porque el conocimiento te hace pensar que el único que tiene la solución es el médico, que además es hombre y además está en un gran hospital. Hemos probado que podemos sanarnos, que podemos cuidarnos, que tenemos esos conocimientos, esos saberes; que tenemos plantas, medicinas. Hay que descolonizar la salud, hay que desfarmacologizar la vida. La lucha contra la industria farmacológica como intervención sobre nuestros cuerpos, como ruptura de nuestra cosmovisión y de nuestros saberes, es también parte de las luchas contra el patriarcado, y hay que asumir la salud también como una práctica comunitaria y posible de ser autónoma.

Finalmente, con relación a la reproducción, hay muchas cosas que plantear ahí sobre el cuerpo, la sexualidad. La descolonización de la sexualidad ha hecho que nosotras tomemos nuestras propias decisiones sobre cómo vivir nuestra sexualidad, reconociendo que la construcción del deseo, del erotismo y del placer es también una construcción patriarcal y una construcción colonial, y que tenemos que ejercer ahí nuestra autonomía y construir nuestro propio deseo, nuestro propio erotismo. Ahí varias de nosotras hemos decidido ser lesbianas y construir nuestro propio deseo y erotismo con otras mujeres, como acto de descolonización, como acto de autonomía política sobre nuestros cuerpos, y eso, por supuesto, nos lleva a la discusión sobre la reproducción.

Para nosotras, como mujeres aymaras, sí queremos tener guaguas, queremos parir, queremos gestar. ¿Cómo va a existir el pueblo aymara si no vamos a parir las mujeres aymaras también? Pero no queremos parir en las lógicas patriarcales. No queremos parir dentro de la maternidad como esclavitud y en soledad. Queremos parir como lo han hecho nuestras abuelas: en el cuidado comunitario, en la crianza comunitaria, con la posibilidad de decidir. Para nosotras, gestar, abortar, parir y criar con dignidad son parte de la memoria ancestral. Como mujeres originarias, indígenas, hemos abortado como hemos parido, pero siempre desde la lucha por la dignidad para nuestros cuerpos. No vamos a parir para traer guaguas y criar en un mundo donde no hay dignidad, donde la vida no se respeta, donde las infancias, las guaguas, las niñas, las niñeces no se respetan. Hay tiempos que no son para parir, pero también está dentro de nuestras decisiones poder parir y criar con dignidad. Por eso la lucha es contra el patriarcado.

Lo que mencionas sobre gestar, parir, criar y abortar como experiencias que pueden vivirse de manera comunitaria y colectiva me parece muy hermoso. Me recuerda a compañeras de Ecuador que trabajan como acompañantes de aborto y que también piensan el aborto como una experiencia compartida, en compañía de amigas, hermanas y miembras de la comunidad, en lugar de un proceso solitario y medicalizado en un hospital, alejado del territorio y la red de apoyo.

También dices que el aborto es una memoria ancestral y que es responsabilidad del feminismo reivindicarlo como tal. Sin embargo, en muchos movimientos feministas por la justicia reproductiva, por el derecho al aborto legal, noto que el reclamo sigue estando muy guiado por lógicas farmacológicas: buscamos garantizar el acceso a medicación, pero quizá estamos dejando de lado otras estrategias comunitarias y colectivas. ¿Cómo ves este desafío dentro del feminismo?

Bueno, primero hay un discurso bastante colonial ahí sobre la justicia reproductiva y todo esto. Para nosotras, reconocer que abortar es memoria ancestral ha sido un proceso también de descolonizar incluso la propia cosmovisión, de que las mujeres indígenas siempre estamos con la vida. Abortar es memoria ancestral como mujeres originarias, pero también es memoria ancestral porque todas las especies han abortado. Lo hacen en soledad, como otras hembras ayudan a otras hembras cuando están abortando, pero el sistema patriarcal nos ha hecho olvidar, nos ha impuesto, ha disciplinado nuestros cuerpos para borrar esta memoria que tiene nuestro cuerpo para parir como para abortar.

Reivindicar que es memoria ancestral es recuperar la memoria, la capacidad de nuestro cuerpo para poder abortar, como la capacidad de nuestro cuerpo para poder parir autónomamente sin la intervención médica, sin la violencia obstétrica en ninguno de los casos. Es descentrar el feminismo de una lógica antropocéntrica y reconocer que somos como las hembras de las otras especies, que abortan también en determinados tiempos. Aquí, donde vivimos nosotras, las llamas abortan, las ovejas abortan, las chanchas abortan cuando hay helada, cuando hay frío, porque no van a poder llevar a término su embarazo porque son muy pequeñas y su cuerpo no va a poder llevar adelante la gestación. Entonces, es una memoria ancestral que hay que recuperar en términos políticos, que hay que recuperar para ejercer la autonomía, para romper esas lógicas coloniales y universales que hay sobre los cuerpos.

No se trata solo de legalizar. Se trata de recuperar la memoria para poder hacerlo también en autonomía. Y, además, convencidas de que nuestro cuerpo sabe hacerlo.


Entrevista realizada por Mariah Gama, editada para su publicación por Carolina Mosquera Vera.

Carolina is a Colombian researcher and activist with a Master’s degree in Women’s and Gender Studies (GEMMA). She is currently a PhD candidate in Sociology with a focus on Gender Studies, with over eight years of experience in feminist research and advocacy on women’s and human rights. Carolina is a member of the Alternative Mission of Employment in Colombia. Founder of the Feminist Book Club in English in Łódź, Poland, and she collaborates with human rights organizations in Colombia and Spain, creates content for scientific dissemination, and is involved in the Abortion Figurations research project, focusing on Mozambique, Argentina, and Honduras. She’s a Cuir migrant navigating languages, academia, and social movements, practicing internationalism from below as a vital commitment.